José y yo nacimos el mismo año, solo que cuando el tenía 15 años descubrió a Thalaya adentro suyo.
Nos conocimos durante el rodaje de una peli, yo conocí primero a Thalaya, después a José.
Se acercaba el cumpleaños numero 18 de Thalaya, y José me pidió que hiciéramos unas fotos, una fiesta gráfica de las fantasías de Thalaya, que de alguna manera son también las de José.
El mundo de Thalaya no me era del todo desconocido. Adolescente jugué con mi apariencia andrógina en aquella edad, jugando con los límites descubriendo a sin saberlo, que a la larga el género es “performance”.
También fui descubriendo que en materia de atracción, me seducen las personas en general, sus mentes más allá de sus cuerpos.
Hoy creo que vivir poniendo límites al amor y el deseo es un desatino. Nunca sabremos los caminos del afecto, y la propia identidad no es necesariamente un cajón forjado que no puede cambiar su forma.
Por eso no tuve problema en sintonizar con las fantasías de Thalaya, cuerpos que se transforman, roles que se desvanecen, dominar y ser vulnerable al mismo tiempo.
Sin embargo, aquella celebración venida en sesión de fotos me despertó otro tipo de preguntas:
¿Cuáles son las bases del amor?
¿Podemos amarnos más allá del cuerpo?
¿Es posible establecer otras formas de amarnos?
En aquel momento yo navegaba una relación abierta. Aquellas eran aguas tranquilas, el amor giraba alrededor de esta relación de pareja principal, abierto a posibles vínculos con otros.
Pero el mundo de Thalaya era un encadenamiento de relaciones afectivas que conectaban entre sí, carente por completo de un centro.
Y no solo eso, el mundo afectivo de Thalaya y José se sobreponían, algunos vínculos se vivían diferentes dependiendo frente a quien estuvieras.
Tiempo después hablé con José sobre todo esto, entre otras cosas me dijo que una vez Thalaya quiso tomar el control, estuvo cerca de matar a José y ser Thalaya para siempre.
Me dijo:
“¿Sabés? Yo también me gusto siendo hombre, y cuando soy hombre me gusta mi masculinidad, y me gusta tanto como ser Thalaya.”
Le di la razón.  ¿Para qué escoger si puedes tener lo mejor de dos mundos?
Es todo un reto comprender que la percepción de uno mismo puede cambiar, que el objeto del deseo no es inamovible, que las relaciones afectivas no siempre precisan de un centro, que el sexo no se limita al encuentro físico.
Esa tarde fotografíe esas escenas de fantasías líquidas, y supe que a través de la cámara yo también había participado.

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